Nos cuesta hablar de lo que duele, de lo que está mal. A veces porque nos cerramos en el dolor, nos sentimos heridos, indignados, enfadados, demasiado orgullosos. Otras veces porque no queremos herir a otra persona. Quizás también porque es difícil reconocer nuestra parte de culpa, admitir que algo no funciona bien porque yo he metido la pata. Es mucho más fácil confesarlo a Dios que a mi hermana, hermano, amigo, esposo. El culto es más sencillo que la relación entre personas. En el culto lo controlamos todo nosotros, en la relación siempre hay riesgo de que otra persona no quiera recibir mi explicación y mi petición de perdón. Jesús hoy no pide que nos arriesguemos, él lo demanda. La reconciliación en el sacramento no vale nada si no es signo de la reconciliación que ocurre en la vida real, en la relación. Así que antes de confesar tu culpa a Dios, confiésala primero al hermano que has herido con tu pecado.
Mt 5, 20-26
Aleksandra Nawrocka

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