El odio existe, es real. Nos cuesta llamarlo por su nombre, reconocerlo en nuestros corazones y nuestras obras, pero no por eso deja de existir. A Jesús lo odiaron porque desafiaba el orden religioso de su tiempo, incomodaba a los que se sentían en casa en un sistema opresor de los pobres y marginados, porque se atrevía a ser diferente, a tener una relación con Dios y con los hermanos muy distinta de lo oficial. Hoy los cristianos sin duda también somos odiados. La Iglesia sufre persecución en muchas partes del mundo. Pero... ¿es por las mismas razones? No siempre. Hay veces que se nos odia porque somos parte de sistema opresor, porque somos un sistema que abusa, que pisotea la dignidad, que margina al diferente. Incomodamos a los que sueñan con una hermandad universal para todos, porque no hay para ellos un espacio en nuestras estructuras. Hay personas que no pueden ver a un sacerdote o una religiosa por la calle a causa de los daños que recibieron de uno de nosotros. El odio es real, y a veces somos su razón.
Jn 15,18-21
Aleksandra Nawrocka

Comentarios
Publicar un comentario