Tantos discípulos, tantos bautismos, tantas venidas del Espíritu Santo... y aún seguimos lejos del Reino de Dios del que Jesús hablaba a los suyos. ¿Dónde está la hermandad universal? ¿Dónde está el amor? Quizás nos esforzamos tanto por alcanzar el Reino después de la muerte que nos olvidamos de construirlo aquí en la tierra. Pero el Reino tiene que estar aquí, si no es imposible soñar con él como un premio después de la muerte. ¿Un premio por qué? ¿Por no haber hecho lo que nos tocaba hacer?
Jn 5, 1-16
Aleksandra Nawrocka

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