A Tomás le llamaban "el gemelo". ¿Gemelo de quién? Quizás un poco de cada uno de nosotros. Pienso que Tomás no tuvo problemas con la resurrección de Jesús sino con su pasión y muerte. No le interesa ver su cuerpo glorificado, él quiere tocar las heridas. Él quiere entender cómo es posible que Dios sufra y muera en una cruz. La pregunta no es si creer sino en qué Dios creer. Si es verdad que Jesús realmente sufrió, quiere decir que nuestra fe no es en un Dios a quien culpar por el mal en el mundo sino en un Dios que fue él mismo la víctima. Es el mismo Dios que murió en cada persona asesinada en campos de concentración. Dios que muere cada día en la guerra en Ucrania y tantos otros países del mundo. Dios que muere en las calles de nuestras ciudades y en los jóvenes que acaban con su vida y en cada pequeño que cae víctima de la trata. Y yo también necesito tocar esas llagas para creer que éste es mi Dios y mi Señor. No un inmutable, omnisciente, omnipotente Dios de los filósofos sino el Dios herido de un pueblo escogido y vulnerado. Necesito tocar sus heridas. Realmente, dichoso quién puede seguir creyendo en el amor sin verlo en la vida...
Juan 20, 19-31
Aleksandra Nawrocka

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