UNA CLAVE PARA LA FELICIDAD

Recuerdo una vez la conversación que tuve con una hermana mayor. Yo aún era novicia, apenas empezando mi andadura en la vida religiosa. Íbamos llevando la Comunión a los enfermos en la parroquia y hablando, de paso, de cosas de la vida. La hermana me platicaba sobre el valor del sacrificio que hacemos entrando en el convento, que dejábamos el mundo y la familia para darnos a Dios. Me costaba entender su punto: yo me sentía feliz. Para mí ser religiosa no significa un sacrificio sino una oportunidad de experimentar la misericordia de Dios que quiere que sus hijos vivan. Pero entendí que hay dos maneras de afrontar la vida: centrarnos en lo que hay que dejar para ser feliz o centrarnos en la felicidad sin que importe lo que se deja. Todo depende de cómo entendamos a Dios: como una deidad lejana a la que hay que ofrecer los sacrificios o como el Padre que quiere lo mejor para sus hijos. Tú escoges...

Mateo 12,1-8

Aleksandra Nawrocka


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